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Sanidad pública (¿Ficción o realidad próxima?)

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Redacción BÉJAR FM _______________________________________________________________________________________________

JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ CELADOR | Secretario General de la Agrupación Socialista Bejarana y Concejal del Grupo Municipal Socialista

Anselmo y Pilar se levantaron del poyo donde se habían sentado hacía 15 minutos, en la Plaza de Aldeacipreste, en cuanto divisaron el autobús verde y blanco decorado con la leyenda: “Servicio de Salud de Castilla y León”.

José Luis Rodríguez Celador

José Luis Rodríguez Celador

Pilar ya llevaba en la mano el importe justo del viaje (2,40 euros por los dos). Pagó al conductor, que le extendió un justificante, que guardó cuidadosamente en el monedero. No le fuera a pasar como la última vez, que lo perdió y luego, a los cinco meses, no le devolvieron el euro con cincuenta céntimos que le correspondía. ¡Joder con el copago!, pensó Pilar, mientras saludaba a los otros viajeros. Paco, de El Cerro, las hermanas Justa y Cándida de Montemayor y algunos otros que no conocía más que de vista. Desde que habían cerrado el consultorio de sus pueblos, y se veían obligados a coger el “Servicio discrecional de transporte de usuarios del Servicio de Salud” había entablado amistad con algunos de ellos. Le sorprendió la presencia de los de Montemayor. “Nos han cerrado el consultorio sólo por el verano, nos dicen”, precisó Justa, “pero no sé yo, porque se han llevado hasta las persianas”. “Daros por jodidos”, masculló Anselmo en voz no lo suficientemente baja como para que no lo oyera Pilar, que le propinó un pellizco que le hizo ver las estrellas.

La necesidad de parar en otras localidades obligaba al autobús a circular por carreteras casi impracticables. “La culpa es de Zapatero, que las hizo por la noche y en invierno”, sonó una voz aflautada desde la parte de atrás. “Pero si son caminos que dependen de la Diputación, que manía con Zapatero”, pensó Anselmo, esta vez para sus adentros, mientras se frotaba la zona pellizcada por el anterior desliz.

Después de un viaje que pareció interminable, llegaron a Béjar y, tras bajar del autobús, entraron en el Centro de Salud y se distribuyeron entre las diferentes consultas. Anselmo y Pilar fueron a la de la Dra. Menganita, en la segunda planta, y se encontraron con un papel pegado en la puerta que decía que la Dra. Menganita no estaba hoy (había cogido vacaciones), y que se dirigieran a la consulta del Dr. Fulanito, en la planta tercera. Allí se encontraron con algunos de sus compañeros de viaje, y con otras 25 o 30 personas, entre ellas una señora recién peinada de peluquería que clamaba en voz alta: “Claro, la culpa es de los inmigrantes”. Fátima, la única “extranjera” del grupo, que llevaba en Béjar 20 años, no se dio por aludida. Anselmo creyó empeorar repentinamente, cuando un inesperado escalofrío le recorrió la espalda. El susto se le pasó cuando se dio cuenta de que el escalofrío estaba producido por una gota de agua que caía del techo de la sala de espera. Se lo dijo al celador, que colocó un cubo azul bajo la gota. Un cubo igualito a los otros dos que había a lo largo del pasillo. El Dr. Fulanito, un médico joven y eficiente, no perdió la sonrisa a pesar del evidente gesto de agobio que mostraba cada vez que asomaba la cabeza y veía la expectante marabunta. Después de hora y media de paciencia y charlas sobre fútbol, política y corazón, el Dr. Fulanito examinó a Paco y le prescribió una consulta con el Urólogo. “Como no es urgente, le avisaremos para dentro de un año aproximadamente”, le dijeron en las oficinas cuando fueron con el volante. “Mira qué bien, no es urgente”, sentenció Pilar, experta en ver los vasos siempre medio llenos.

Como el autobús de vuelta no salía hasta las dos y media, aprovecharon para acercarse hasta La Corredera, y se sentaron frente a la nueva fuente. Impresionante. Decenas de chorritos brotaban como pequeños géiseres, acompañados por una musiquita sospechosamente parecida al himno del PP. Entre dos árboles colgaba una pancarta que anunciaba para las ferias de Septiembre la atracción estrella: La Orquesta “Hemograma”. “Bastante cara, pero por lo visto buenísima”, les informó su compañero de banco.

Anselmo y Pilar estaban deseando que llegaran las fiestas de Septiembre. No por ver a la Orquesta “Hemograma”, por muy buena que fuera, sino porque vendría Jesús, su hijo. Jesús era médico, y se había ido hacía ya dos años a Alemania, con otras dos compañeras médicas y otros dos amigos, enfermera y enfermero. “Aquí pagan bien y sobre todo se nos respeta”, le había dicho Jesús ayer a su padre por el escai ese del ordenador.

“Vámonos, Anselmo, que estos chorritos parece que te hipnotizan, y al final perdemos el autobús y tenemos que coger un taxi”. Menos mal que Pilar siempre estaba en todo.

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